La epidemia silenciosa que empieza en el recetario

La paciente tenía 58 años y una infección urinaria que, en teoría, debía ceder en tres días. El médico prescribió el antibiótico de siempre; no funcionó. Probó un segundo; tampoco. Cuando el urocultivo regresó del laboratorio, la palabra que aparecía junto a casi todos los fármacos era la misma: «resistente». La mujer terminó hospitalizada, con un antibiótico intravenoso de reserva y varios días de internamiento por lo que empezó como una molestia rutinaria. No es un caso raro ni un escenario futuro: es la cara cotidiana de la que la OMS llama una de las mayores amenazas para la salud mundial.

La resistencia a los antimicrobianos (RAM) ocurre cuando bacterias, virus, hongos y parásitos evolucionan y dejan de responder a los medicamentos diseñados para eliminarlos. El resultado es que infecciones antes triviales vuelven a ser peligrosas y que procedimientos que hoy damos por seguros —una cesárea, una quimioterapia, un reemplazo de cadera— dependen de que un antibiótico funcione cuando haga falta. Sin antibióticos eficaces, buena parte de la medicina moderna se tambalea.

Los números que obligan a mirar

El análisis más completo hasta la fecha, del proyecto GRAM publicado en The Lancet, dimensionó el problema con crudeza. Entre 1990 y 2021, la resistencia antimicrobiana causó de forma directa más de un millón de muertes cada año. Y las proyecciones son sombrías: de mantenerse la tendencia, entre 2025 y 2050 la RAM estaría implicada en unos 39 millones de muertes acumuladas, con cerca de 1.9 millones de decesos anuales atribuibles de manera directa hacia 2050. México, según la carga global de enfermedad, se ubica en una de las regiones con mayor peso de mortalidad asociada a este fenómeno.

Detrás de las cifras hay causas conocidas y, en buena medida, evitables. El uso excesivo e inapropiado de antibióticos encabeza la lista: prescripción para cuadros virales que nunca los necesitaron, esquemas incompletos que seleccionan a las bacterias más resistentes, automedicación y venta sin receta —una práctica todavía frecuente pese a su prohibición—, además del uso masivo de antimicrobianos en la producción agropecuaria. Cada dosis innecesaria es, en términos evolutivos, un entrenamiento gratuito para el microorganismo.

Lo que sí depende del clínico

Aquí el personal de salud no es espectador, sino protagonista. El uso racional de antimicrobianos —lo que en inglés se conoce como stewardship— cabe en decisiones concretas del día a día: no prescribir antibiótico ante una infección claramente viral por más que el paciente lo pida; tomar cultivos antes de iniciar el tratamiento empírico cuando sea posible; elegir el fármaco de espectro más estrecho que resuelva el caso; ajustar y desescalar en cuanto llegue el antibiograma; y respetar dosis y duración sin prolongarlas «por si acaso». También cuenta educar al paciente para que complete el esquema y no guarde sobrantes para la próxima.

Una espada nueva, pero la carrera sigue

No todo es pesimismo. A finales de 2025, investigadores de las universidades de Warwick y Monash reportaron un hallazgo prometedor en un viejo conocido de los laboratorios, la bacteria Streptomyces coelicolor, estudiada desde los años cincuenta. Uno de los compuestos intermedios de su metabolismo, la pre-metilenomicina C lactona, resultó más de cien veces más potente que el antibiótico original frente a bacterias grampositivas, incluidas las responsables de infecciones tan temidas como el Staphylococcus aureus resistente a meticilina (MRSA) y el Enterococcus resistente a vancomicina (VRE). Su estructura simple y su producción escalable lo vuelven un candidato atractivo.

Conviene, sin embargo, calibrar la esperanza. Un candidato en el laboratorio está a años de convertirse en un fármaco disponible en la farmacia, y la historia enseña que las bacterias terminan por adaptarse a casi todo lo que les lanzamos. El descubrimiento es una buena noticia, pero no una absolución: mientras el arsenal nuevo madura, la única defensa realmente disponible hoy es cuidar los antibióticos que ya tenemos. Innovación y uso racional no compiten; se necesitan mutuamente.

La historia de la paciente con la infección urinaria «sencilla» encierra la lección completa. Cada receta es, en el fondo, una decisión de salud pública disfrazada de acto individual. La resistencia antimicrobiana se combate en los grandes acuerdos internacionales, sí, pero también —y sobre todo— en el momento silencioso en que un médico decide si ese antibiótico realmente hace falta. Ahí, con la pluma sobre el recetario, se juega buena parte del futuro.

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