En cualquier momento se darán cuenta

Es su primer día como interna y Daniela acaba de presentar un caso en el pase de visita. Lo hizo bien —el adscrito asintió, el residente le hizo dos preguntas y ella las contestó—, pero mientras camina de regreso a la central de enfermería solo puede pensar una cosa: «tuve suerte, en cualquier momento se van a dar cuenta de que en realidad no sé nada». Si alguna vez has sentido eso —que tu lugar en la medicina es un malentendido a punto de descubrirse—, tienes nombre para ello: se llama síndrome del impostor, y es una de las experiencias más silenciosamente universales de la formación médica.

El fenómeno lo describieron las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978, y desde entonces se ha documentado con particular frecuencia en medicina. No es una enfermedad ni un diagnóstico psiquiátrico, sino un patrón de pensamiento: la incapacidad de atribuirte tus propios logros. Quien lo vive cree que sus éxitos se deben a la suerte, al error de otros o a haber engañado a todos, y vive con el temor persistente de ser expuesto como un fraude. Lo paradójico es que suele afectar precisamente a los más capaces y exigentes consigo mismos.

Por qué la medicina es su hábitat perfecto

Pocas carreras están tan bien diseñadas para alimentar esta sensación. La medicina es un campo infinito: por mucho que estudies, siempre habrá una enfermedad que no reconociste, un artículo que no leíste, un compañero que parecía saber más. A eso se suma una cultura formativa que muchas veces premia la certeza y castiga el «no sé», el paso constante de una etapa a otra donde vuelves a ser el que menos sabe —de estudiante a interno, de interno a residente— y la comparación permanente con pares que solo muestran sus aciertos. El terreno es fértil por definición.

El problema no es sentirlo de vez en cuando; cierta dosis de humildad e inseguridad es sana y hasta protege al paciente. El problema aparece cuando el pensamiento impostor se vuelve crónico y empieza a cobrar factura: parálisis para tomar decisiones, evitar procedimientos por miedo a fallar, no preguntar para que nadie note la duda, sobretrabajo compulsivo para «compensar», y un desgaste emocional que es antesala directa del burnout. Callar la duda por miedo al ridículo, además, puede volverse un riesgo clínico real.

Cómo desactivarlo sin dejar de crecer

La primera herramienta es nombrarlo. Saber que esa voz tiene un nombre y que la comparten la mayoría de tus compañeros —aunque nadie lo diga en voz alta— le quita buena parte de su poder. Hablarlo con un par de confianza, un tutor o un mentor casi siempre produce el mismo alivio: descubrir que el residente que admiras sintió exactamente lo mismo. La segunda es distinguir entre la ignorancia normal del que aprende y una supuesta incompetencia global. No saber algo en tu primer año no significa que no sirvas; significa que estás en tu primer año.

Ayuda también llevar un registro concreto de lo que sí logras: diagnósticos que acertaste, procedimientos que salieron bien, pacientes que agradecieron. La mente impostora borra la evidencia de tu competencia, así que conviene dejarla por escrito para poder releerla en los días grises. Y conviene revisar el estándar contra el que te mides: si tu vara es «saberlo todo y no equivocarme nunca», ningún médico del planeta la alcanza, y te has condenado de antemano. Cambiar esa vara por «aprender de forma constante y pedir ayuda a tiempo» es más justo y, sobre todo, más seguro para tus pacientes.

Daniela seguirá sintiendo esa punzada durante buena parte de su formación; casi todos la sentimos. La diferencia entre que ese sentimiento la impulse o la hunda no está en saberlo todo, sino en entender que dudar, preguntar y seguir aprendiendo no es la prueba de que no pertenece a la medicina: es, exactamente, la forma en que se construye un buen médico. Si la angustia deja de ser un susurro ocasional y se vuelve constante —interfiriendo con tu sueño, tu ánimo o tu trabajo—, buscar apoyo psicológico no es rendirse; es aplicarte el mismo cuidado que ofreces a otros.

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