En plena temporada vacacional, la OMS dedica un día a una de las muertes más prevenibles del mundo. El ahogamiento real no se parece en nada a lo que muestran las películas.
La familia estaba a menos de tres metros. El niño de cuatro años jugaba en la orilla de la alberca mientras los adultos platicaban y cuidaban la carne asada. Nadie escuchó nada porque no hubo nada que escuchar: ni gritos, ni chapoteo, ni manos agitándose pidiendo auxilio. Cuando la mamá volteó, el pequeño estaba bajo el agua, quieto. Habían pasado, quizá, sesenta segundos. Esa quietud —no el drama— es la verdadera cara del ahogamiento, y es justo lo que lo hace tan letal.
Cada 25 de julio se conmemora el Día Mundial de la Prevención del Ahogamiento, establecido por la Asamblea General de la ONU y liderado por la Organización Mundial de la Salud. La fecha no es casual para nosotros: coincide con el verano y la temporada vacacional, cuando albercas, ríos, presas y playas concentran la mayor exposición al riesgo. La OMS lo resume en una consigna incómoda: el ahogamiento es prevenible casi por completo, y aun así mata a cientos de miles de personas al año en el mundo.
El ahogamiento es una de las principales causas de muerte por lesión no intencional en niños y adolescentes a nivel mundial. La mayoría de los ahogamientos infantiles ocurre en cuestión de segundos y minutos, en presencia de adultos y en cuerpos de agua conocidos y aparentemente seguros.
El mito que cuesta vidas
El cine nos enseñó mal. En la pantalla, quien se ahoga grita, manotea y salpica. En la realidad, el ahogamiento suele ser silencioso. La persona que se está ahogando no puede pedir ayuda porque su sistema respiratorio está ocupado en lo único que importa: intentar respirar. Los brazos se extienden instintivamente hacia los lados para empujar el agua hacia abajo, no para saludar. La cabeza queda inclinada hacia atrás, la boca a la altura de la superficie. Dura entre veinte y sesenta segundos antes de la sumersión. Quien no sabe qué buscar, no lo ve.
Este malentendido es clínicamente relevante porque explica por qué la supervisión “a la vista” falla tantas veces. Un adulto distraído por el teléfono, una conversación o incluso otro hijo, pierde la ventana de segundos en que se decide todo. Por eso la recomendación internacional es la supervisión activa y sin distracciones: un adulto designado, a brazo de distancia de los niños pequeños, con la única tarea de vigilar.
Barreras que funcionan
La prevención del ahogamiento tiene algo poco común en salud pública: intervenciones baratas y de alta eficacia. Las barreras físicas —cercas de al menos 1.2 metros con puerta de cierre automático que aíslen la alberca por sus cuatro lados— reducen drásticamente el riesgo en niños pequeños. Vaciar y voltear cubetas, tinas y contenedores tras usarlos, porque un lactante puede ahogarse en pocos centímetros de agua. Enseñar a nadar y a comportarse de forma segura en el agua. Y el uso de chalecos salvavidas certificados en ríos, lagos y embarcaciones, no de flotadores inflables que dan falsa seguridad.
Mensajes para dar en consulta esta temporada: supervisión a brazo de distancia en menores, cercado de albercas por los cuatro lados, chaleco salvavidas en aguas abiertas, y nunca nadar bajo efectos del alcohol. En adolescentes y adultos, el consumo de alcohol está detrás de una proporción alta de los ahogamientos.
Cuando ya ocurrió: los primeros minutos
Si el personal de salud —o cualquier testigo capacitado— presencia un ahogamiento, la prioridad es sacar a la víctima del agua con seguridad y, si no respira, iniciar reanimación cardiopulmonar de inmediato. A diferencia del paro de origen cardiaco del adulto, el ahogamiento es un evento hipóxico: por eso las guías recomiendan iniciar con ventilaciones de rescate y no demorar la oxigenación. Cada minuto sin respiración y circulación efectivas reduce las probabilidades de una recuperación neurológica íntegra.
Un punto que todo clínico debe conocer y transmitir: quien fue rescatado de un episodio de ahogamiento, aunque parezca recuperado, requiere valoración médica. El deterioro respiratorio puede aparecer horas después. Conviene, además, desterrar términos confusos como “ahogamiento seco” o “secundario”, que no corresponden a entidades clínicas reconocidas y solo generan alarma o falsa tranquilidad; la recomendación es hablar simplemente de ahogamiento y vigilar de forma adecuada a todo rescatado.
El niño de la historia tuvo suerte: un tío que sabía RCP lo sacó y lo reanimó a tiempo, y hoy está bien. Pero la lección del 25 de julio es que la suerte no debería ser parte del plan. La mayoría de estos casos no llegan a la sala de reanimación porque una barrera, un chaleco o un par de ojos atentos los detuvieron antes. En un país lleno de albercas, ríos y costas, cada consulta de esta temporada es una oportunidad para que el próximo minuto de silencio junto al agua no termine en tragedia.
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