EFEMÉRIDE · 6 DE JULIO, DÍA MUNDIAL DE LAS ZOONOSIS
Hace 141 años, una vacuna experimental salvó a un niño mordido por un perro rabioso. Hoy, esa misma lección —la salud humana no se entiende sin la animal— sigue vigente en México.
Joseph Meister tenía nueve años cuando un perro con rabia lo mordió catorce veces en Alsacia, en julio de 1885. Sus padres, desesperados, viajaron hasta París para buscar a un químico que nunca había tratado a un ser humano: Louis Pasteur. El 6 de julio de ese año, Pasteur decidió aplicarle una vacuna experimental contra la rabia, probada hasta entonces solo en perros. El niño sobrevivió. Ese gesto, arriesgado y sin precedentes, inauguró la inmunología moderna y, con el tiempo, dio origen a una fecha que hoy casi nadie fuera de la medicina conoce: el Día Mundial de las Zoonosis.
Una frontera que no existe en la biología
Más de un siglo después, la lección de Pasteur sigue siendo incómodamente actual. Las zoonosis —enfermedades que se transmiten de animales a humanos— no son una curiosidad histórica ni un problema exclusivamente rural. Son, de hecho, el origen de la mayoría de las enfermedades infecciosas emergentes que hemos enfrentado en las últimas dos décadas: influenza aviar, SARS-CoV-2, mpox, hantavirus. La frontera entre la salud animal, la humana y la ambiental, que durante mucho tiempo tratamos como compartimentos separados en la formación médica, es en realidad un continuo. Por eso la Organización Mundial de la Salud y la OPS insisten en el enfoque de Una Sola Salud (One Health): no se puede proteger a las personas sin vigilar también a los animales y los ecosistemas que comparten con ellas.
Las enfermedades zoonóticas provocan cerca de 2,400 millones de casos y más de dos millones de muertes humanas cada año en el mundo. Se estima que 6 de cada 10 enfermedades infecciosas que afectan al ser humano tienen origen animal. Fuente: OPS/OMS.
México, entre alertas activas
La efeméride llega este año en un momento particularmente relevante para el sistema de salud mexicano. En las últimas semanas, la Secretaría de Salud ha emitido avisos epidemiológicos por el brote de ébola en República Democrática del Congo y Uganda, y por un brote multinacional de hantavirus de los Andes, ambos como medida preventiva ante la movilidad internacional que trae consigo la Copa Mundial 2026. Ninguna de las dos enfermedades tiene casos confirmados en el país, pero la vigilancia reforzada es, precisamente, el tipo de trabajo silencioso que rara vez llega a los titulares y que sostiene la seguridad sanitaria de millones de personas.
Para el médico en formación, esto tiene una traducción clínica muy concreta: la historia epidemiológica de un paciente ya no puede limitarse a preguntar por viajes recientes. Preguntar por exposición a animales domésticos, de granja o silvestres, por picaduras de garrapata o mosquito, por consumo de agua o alimentos de origen animal mal procesados, debería ser un reflejo tan automático como preguntar por alergias. La rabia, por ejemplo, sigue siendo mortal en más del 99% de los casos sintomáticos, y en México persisten focos de transmisión en fauna silvestre, sobre todo murciélagos, en zonas rurales del sureste.
Lo que Pasteur no podía prever
Pasteur no tenía manera de saber que su experimento con Joseph Meister se convertiría en el punto de partida de la inmunología, ni que 141 años después seguiríamos citando su decisión como un caso de estudio sobre el balance entre riesgo, evidencia incompleta y urgencia clínica —un dilema que cualquier médico reconoce de sus propias guardias—. Lo que sí demostró, de forma definitiva, es que la salud humana nunca fue un compartimento aislado. Cada vez que un residente de medicina interna diagnostica una leptospirosis, cada vez que un pediatra descarta una toxoplasmosis, cada vez que un epidemiólogo estatal rastrea un caso de brucelosis en trabajadores rurales, está operando dentro de esa misma frontera difusa entre especies que Pasteur cruzó por primera vez en un laboratorio parisino.
El 6 de julio no pide una gran conmemoración. Pide, más bien, un recordatorio breve pero persistente: la próxima vez que un paciente mencione, casi de pasada, que tiene animales en casa o que trabaja en el campo, vale la pena hacer una pregunta más. A veces esa pregunta es la que cambia el diagnóstico.



