Detrás del bisturí, la otra epidemia silenciosa

Era la cuarta guardia consecutiva del mes. La residente de tercer año de Medicina Interna llevaba más de treinta horas en pie cuando un colega, con una sonrisa cómplice, le ofreció una pastilla. ‘Te va a ayudar a terminar el turno’, le dijo. Ella la aceptó sin preguntar qué era. No era la primera vez.

Esta escena, incómoda de narrar pero imposible de ignorar, ocurre en hospitales de México y del mundo. Y el 26 de junio —Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas, establecido por la Asamblea General de la ONU en 1987— es una oportunidad para que la medicina lo reconozca en voz alta.

La efeméride surgió con la intención de visibilizar el daño social y sanitario de las drogas ilícitas. Décadas después, su relevancia ha crecido junto con la evidencia de que los trastornos por uso de sustancias son enfermedades crónicas, recurrentes y tratables —no debilidades morales— y que afectan a todas las clases sociales, incluyendo la profesión médica.

En México, datos recientes sitúan al alcohol como la sustancia de mayor consumo problemático entre jóvenes adultos de 18 a 34 años, el mismo grupo que protagoniza los años de formación médica. Los estudios sobre residentes mexicanos identifican el consumo de alcohol como uno de los factores asociados a mayor riesgo de ideación suicida y de agravamiento del síndrome de burnout.

Para los médicos en formación y egresados, la fecha tiene una dimensión práctica concreta: aprender a identificar el trastorno por uso de sustancias en la consulta cotidiana. El perfil del paciente que consume ya no responde a un estereotipo. Es el ejecutivo con hepatopatía por alcohol que niega su ingesta, la adolescente que llega a urgencias con una intoxicación que sus padres no comprenden, o el colega que falta a las juntas con olor etílico.

Los criterios diagnósticos del DSM-5 para trastorno por uso de sustancias —deterioro del control, deterioro social, uso riesgoso y criterios farmacológicos— son herramientas clínicas, no etiquetas. Usarlos bien cambia trayectorias de vida. La detección temprana en atención primaria, combinada con una intervención breve (el modelo AUDIT-C y la entrevista motivacional son aplicables en menos de cinco minutos), puede reducir el consumo problemático en un 30 % según múltiples ensayos clínicos.

Hablar de drogas el 26 de junio sin hablar del bienestar del personal de salud sería mirar solo la mitad del cuadro. Las cifras de burnout en residentes mexicanos —con una prevalencia que en algunos estudios supera el 90 %— crean condiciones de vulnerabilidad frente al consumo de sustancias como estrategia de afrontamiento.

La nueva generación de médicos tiene, sin embargo, algo que las anteriores no tuvieron: nombre para lo que sienten, investigación que lo respalda y, en algunos hospitales, programas de apoyo psicológico. Reconocer el problema propio con la misma objetividad clínica con la que se diagnostica al paciente no es debilidad: es precisamente la competencia que distingue a un profesional consciente.

Esta semana, cuando un paciente llegue con aliento alcohólico o con una historia que no cuadra, el médico tiene dos opciones: dar el alta y olvidar, o detenerse un momento y preguntar. No con juicio, sino con la misma curiosidad diagnóstica que se aplica a un electrocardiograma difícil.

Y si el que tiene la historia difícil eres tú —si reconoces en la anécdota del principio algo que también te ha pasado o que ves en un compañero— este día también existe para eso. Los servicios de salud mental para personal médico están disponibles en la UNAM, el IMSS y varios hospitales de tercer nivel. Pedir ayuda sigue siendo el acto clínico más valiente que un médico puede realizar.

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