93 de cada 100 residentes lo viven, pero nadie habla de ello

Era viernes por la tarde cuando el residente de segundo año de Cirugía General se sentó en el corredor del séptimo piso y, por primera vez en meses, no pudo levantarse. No era cansancio físico —aunque también lo había—; era algo más profundo, como si alguien hubiera vaciado el depósito de todo aquello que lo había llevado a estudiar medicina. Pensó en los años de carrera, en el ENARM, en las horas de estudio. Y no sintió nada.

Si esa imagen te resulta familiar, esto es para ti.

Un estudio transversal realizado en residentes médicos mexicanos entre 2023 y 2024 encontró que la prevalencia global del síndrome de burnout alcanzó el 93 %, distribuida en un 78.4 % de casos moderados y un 14.6 % severos. Siete de cada diez residentes reportan fatiga crónica, agotamiento emocional y sensación persistente de sobrecarga laboral.

No se trata de individuos con poca tolerancia a la presión. Se trata de un sistema que exige demasiado durante demasiado tiempo a personas que, paradójicamente, tienen menos experiencia para manejar el estrés laboral extremo.

El síndrome de burnout —incluido desde 2019 en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) como fenómeno ocupacional— se define por tres dimensiones: agotamiento, distanciamiento mental del trabajo (cinismo o despersonalización) y reducción de la eficacia profesional. En los residentes, el distanciamiento suele manifestarse primero: el paciente del cuarto tres deja de ser una persona y se convierte en un expediente.

Lo que hace especialmente riesgoso el burnout en médicos en formación es su vínculo con otras condiciones graves. Estudios en residentes mexicanos muestran que el síndrome se asocia significativamente con depresión, ansiedad, consumo problemático de alcohol e ideación suicida. La tríada burnout-sustancias-ideación suicida aparece documentada en múltiples publicaciones nacionales y es, en palabras de los propios investigadores, un problema de salud pública.

El burnout no llega de golpe. Llega despacio, disfrazado de responsabilidad y compromiso. Empieza con dormir menos para estudiar más. Con no tomar descansos para no parecer flojo. Con responder mal al paciente y luego sentir culpa. Con dejar de ver a los amigos porque ‘no hay tiempo’. Con postergar la consulta psicológica propia porque ‘hay pacientes más graves que yo’.

Reconocer estas señales en uno mismo no es hipocondría; es diagnóstico precoz. Y en medicina, el diagnóstico precoz salva vidas —incluyendo la propia.

En 2026, algunos hospitales universitarios y de tercer nivel en México han incorporado programas piloto de salud mental para residentes, con sesiones grupales de psicoeducación y acceso a consulta psicológica. La Comisión Interinstitucional para la Formación de Recursos Humanos en Salud (CIFRHS) ha incluido el bienestar del residente como uno de los indicadores de calidad de la formación médica.

Sin embargo, el cambio estructural —reducir guardias de 36 horas, garantizar supervisión adecuada, crear entornos psicológicamente seguros— aún es una deuda pendiente con quienes forman la columna vertebral del sistema de salud mexicano.

Si eres residente o estudiante de medicina leyendo esto, hay algo que puedes hacer hoy: hablar. Con un compañero, con un médico de confianza, con el servicio de salud mental de tu institución. La UNAM, el IMSS y varios hospitales de la SSA tienen líneas y servicios disponibles.

Y si eres médico formador, jefe de servicio o director de residencia: el burnout en tu equipo no es señal de debilidad de tus residentes. Es señal de que el sistema necesita ajustes. La conversación empieza cuando alguien decide tenerla.

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