Sobredosis: una emergencia prevenible que también nos toca

Un hombre de 34 años llega a urgencias en brazos de sus amigos. Respira seis veces por minuto, sus labios están azulados y sus pupilas son dos puntos diminutos. Nadie sabe con certeza qué consumió: pastillas de una fiesta, quizá mezcladas con alcohol. El médico de guardia reconoce el cuadro en segundos —depresión respiratoria, miosis, estupor— y actúa. Minutos después, el paciente respira de nuevo. Esa historia se repite miles de veces al día en el mundo, pero no siempre termina bien. Cada 31 de agosto, el Día Internacional de Concientización sobre la Sobredosis nos recuerda por qué.

La fecha, creada en Australia en 2001, cumple 25 años en 2026. Su propósito es doble: honrar a quienes murieron por una sobredosis y afirmar, con fuerza, un mensaje que a veces se pierde entre el estigma: estas muertes son prevenibles. Se estima que cada año fallecen alrededor de 450,000 personas en el mundo por sobredosis de drogas ilegales y opioides de prescripción, una cifra en aumento que golpea con especial dureza a la población joven.

Un problema que también nos toca

Es tentador pensar que la crisis de opioides es un asunto ajeno, del otro lado de la frontera. Sería un error clínico. México no vive la epidemia de sobredosis de Estados Unidos, pero la circulación de fentanilo, el uso combinado de benzodiacepinas, opioides y alcohol, y la automedicación con analgésicos potentes son realidades que llegan a nuestras salas de urgencias. Y hay un frente que depende directamente de nosotros: la prescripción. Cada receta de un opioide para dolor crónico o posquirúrgico es una decisión que puede aliviar o, mal calibrada, abrir la puerta a la dependencia.

Reconocer y revertir

El antídoto existe, es barato y salva vidas: la naloxona, un antagonista opioide que revierte la depresión respiratoria en cuestión de minutos. Su disponibilidad en servicios de urgencias, ambulancias y, en muchos países, en manos de la propia comunidad, ha demostrado reducir la mortalidad. Conocer su uso, sus dosis y su corta vida media —que obliga a vigilar la reaparición de los síntomas cuando el opioide dura más que el antídoto— es conocimiento básico para cualquier médico, no solo para el toxicólogo. La reversión no termina el problema: es el inicio de una ventana para intervenir.

Pero la sobredosis no es solo de opioides. Las intoxicaciones por benzodiacepinas, estimulantes, alcohol y sus combinaciones tienen presentaciones distintas y manejos específicos. El abordaje inicial siempre es el mismo: asegurar vía aérea, ventilación y circulación, y no dejar que el estigma retrase la atención. Un paciente que llega por una sobredosis merece exactamente el mismo rigor y respeto que cualquier otro.

Conviene además desterrar algunos mitos que cuestan vidas. No es cierto que el café, una ducha fría o hacer caminar a la persona reviertan una sobredosis; esas maniobras solo retrasan la atención real. Tampoco es prudente asumir que quien ‘solo bebió’ está fuera de riesgo: la mezcla de alcohol con depresores del sistema nervioso central multiplica el peligro de paro respiratorio. Y ante la duda, la conducta correcta nunca es esperar a ver qué pasa, sino activar el servicio de emergencias y vigilar la vía aérea.

Prevenir empieza en el consultorio

La prevención más poderosa ocurre antes de la urgencia. Significa prescribir opioides con criterio, a la dosis mínima eficaz y por el tiempo necesario; revisar las interacciones peligrosas, sobre todo la combinación de opioides con benzodiacepinas; hablar con franqueza con los pacientes sobre el almacenamiento seguro y los riesgos; e identificar a tiempo a quienes desarrollan un trastorno por uso de sustancias para referirlos a tratamiento en lugar de abandonarlos. La reducción de daños no es permisividad: es medicina basada en evidencia que reconoce a la persona antes que a la sustancia.

Volvamos al hombre de urgencias. Sobrevivió, y esa noche alguien le habló sin juzgarlo sobre lo que había pasado y adónde podía acudir. No todas las historias tienen ese desenlace, y por eso existe esta fecha. El 31 de agosto no es un día para estadísticas frías, sino un recordatorio de que detrás de cada cifra hay una vida que la medicina podía haber acompañado. Reconocer la sobredosis, tener naloxona a la mano, prescribir con prudencia y tratar sin estigma son, hoy, gestos concretos que están en nuestras manos.

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