La juventud no es un diagnóstico de salud

A las once de la noche llega a urgencias un joven de 19 años por “dolor de estómago”. El interno lo revisa deprisa: abdomen blando, signos vitales normales, probablemente gastritis. Le indica omeprazol y lo da de alta. Tres semanas después el mismo paciente regresa, esta vez traído por su madre, con una crisis de ansiedad que llevaba meses escondiendo detrás de aquel dolor abdominal. Nadie preguntó. Nadie tuvo tiempo. Esa escena, repetida en miles de consultas cada semana, es exactamente lo que el Día Internacional de la Juventud —que se conmemora cada 12 de agosto por resolución de Naciones Unidas— nos invita a revisar.

La adolescencia y la juventud temprana suelen tratarse como el territorio más sano de la medicina: pocos infartos, pocos tumores, pocas hospitalizaciones. Y sin embargo, es precisamente esa aparente robustez la que vuelve invisibles sus riesgos reales. En este grupo, la carga de enfermedad no se mide tanto en órganos dañados como en conductas, vínculos y trayectorias que apenas comienzan. Los accidentes, la violencia, el consumo de sustancias, los trastornos de la conducta alimentaria y, sobre todo, los problemas de salud mental concentran buena parte del sufrimiento de la persona joven, y son justo los motivos que menos se nombran en una consulta de quince minutos.

El paciente joven rara vez llega diciendo “tengo depresión” o “estoy bebiendo demasiado”. Llega con cefaleas, insomnio, colon irritable, fatiga, dolores que migran. La habilidad clínica que esta efeméride reivindica no es tecnológica: es la capacidad de abrir una conversación segura. Herramientas sencillas como la entrevista psicosocial HEEADSSS —hogar, educación y empleo, alimentación, actividades, drogas, sexualidad, seguridad y suicidio— permiten explorar en pocos minutos las esferas donde realmente se juega la salud de un adolescente, sin sermones y sin juicios. Preguntar de forma directa por ideación suicida no siembra la idea; al contrario, suele ser el primer alivio que el joven recibe en meses.

Hay además un detalle que la formación médica suele pasar por alto: la confidencialidad. Un adolescente que sospecha que todo lo que diga llegará a sus padres simplemente no dirá nada relevante. Explicar desde el inicio los alcances y los límites de la confidencialidad —y ofrecer, cuando es apropiado, unos minutos de consulta a solas— cambia por completo la calidad de la información clínica que obtenemos. Ese encuadre no es un formalismo: es la diferencia entre una historia clínica de trámite y una que captura el riesgo real, porque en esta etapa lo que no se dice suele pesar más que lo que se dice.

Del consultorio a la trayectoria de vida

Atender bien a una persona joven es una de las intervenciones de mayor rendimiento en toda la medicina, porque cada conducta que se corrige a los 18 años evita décadas de enfermedad crónica. El tabaquismo, el sedentarismo, los patrones de alimentación y la relación con el alcohol se consolidan en esta etapa. Una consulta que en lugar de limitarse a resolver el motivo aparente dedica dos minutos a reforzar un hábito protector, a validar una emoción o a tender un puente hacia salud mental, está literalmente modificando una biografía. No es medicina blanda: es medicina preventiva de altísimo impacto.

Para el estudiante, el interno o el residente, este 12 de agosto vale como recordatorio de que la juventud del paciente —muchas veces cercana a la propia— no es un certificado de buena salud, sino una etapa de vulnerabilidades específicas que casi nunca gritan. El reto no es memorizar un protocolo más, sino cultivar la mirada que no da por sentado que “se ve bien”. La próxima vez que un joven llegue con un dolor abdominal a las once de la noche, la pregunta más importante quizá no sea dónde le duele, sino qué es lo que todavía no se atreve a nombrar.

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