La epidemia silenciosa que sí tiene cura

El paciente llegó por otra cosa. Un chequeo laboral, unas transaminasas ligeramente elevadas que el médico anterior había atribuido al “hígado graso” y a los kilos de más. Cincuenta y dos años, sin síntomas, sin dolor. Solo cuando alguien decidió pedir un panel viral apareció el diagnóstico: hepatitis C crónica, probablemente adquirida décadas atrás por una transfusión de la que ni se acordaba. Había convivido con el virus la mitad de su vida sin una sola señal. Y esa es, precisamente, la historia que el Día Mundial contra la Hepatitis quiere volver imposible.

Cada 28 de julio se conmemora esta fecha, elegida por ser el natalicio del doctor Baruch Blumberg, Premio Nobel que descubrió el virus de la hepatitis B y desarrolló su prueba diagnóstica y su vacuna. Para 2026, la Organización Panamericana de la Salud insiste en un llamado incómodo: derribar las barreras que impiden el acceso a las pruebas y al tratamiento, y acelerar la acción para eliminar la hepatitis como amenaza de salud pública hacia 2030.

Conviene que el médico en formación no las mezcle. Las hepatitis A y E se transmiten por vía fecal-oral, suelen ser agudas y autolimitadas, y se asocian a agua y alimentos contaminados; la E puede ser grave en embarazadas. Las hepatitis B, C y D se transmiten por sangre y fluidos, y son las que cronifican y llevan a cirrosis y cáncer de hígado. La B cuenta con vacuna eficaz y forma parte del esquema nacional; la D solo infecta a quien ya tiene B. La C, durante años la más temida, hoy es la más esperanzadora.

Ese contraste es el corazón del mensaje de este año. La hepatitis B es prevenible con vacuna: la dosis al nacimiento y el esquema completo cortan la transmisión, incluida la vertical de madre a hijo. La hepatitis C es curable: los antivirales de acción directa logran curación en más del 95% de los casos con tratamientos orales de pocas semanas y excelente tolerancia. Tenemos, al mismo tiempo, la vacuna de una y la cura de la otra. El problema ya no es la ciencia: es llegar a quien no sabe que la necesita.

Aquí está la paradoja que la efeméride quiere exponer. Con herramientas tan poderosas, lo que sostiene la epidemia es el subdiagnóstico. La gente no se hace la prueba porque no tiene síntomas, porque desconoce sus factores de riesgo o porque el tamizaje no se ofrece de forma rutinaria. Y sin diagnóstico, la vacuna que previene o el antiviral que cura simplemente no llegan.

Para el clínico, esto se traduce en preguntas concretas que rara vez hacemos. ¿Este paciente recibió transfusiones antes de los años noventa, cuando el tamizaje de sangre no era universal? ¿Tiene antecedente de uso de drogas inyectadas, tatuajes o perforaciones en condiciones no seguras, hemodiálisis, o una pareja con hepatitis? ¿Está embarazada y conocemos su estatus de hepatitis B? Cada una de esas preguntas puede justificar una prueba que cambie un desenlace.

La eliminación de la hepatitis para 2030 no la firmarán solo los ministerios de salud: se decide en consultorios donde alguien decide preguntar y pedir una prueba. Tres acciones caben en la práctica diaria. Vacunar contra hepatitis B —recién nacidos, personal de salud, grupos de riesgo— y verificar esquemas incompletos. Tamizar de forma dirigida a quien tiene factores de riesgo, sin juicios y con confidencialidad. Y vincular a tratamiento: un anti-VHC positivo no es un dato de archivo, es un paciente que hoy puede curarse.

El hombre de la historia recibió antivirales de acción directa y, doce semanas después, su virus era indetectable. Curado de algo que llevó dentro media vida. Su desenlace afortunado dependió de una sola decisión: que alguien, ante unas transaminasas mínimamente altas, se tomara la molestia de buscar. Ese es el poder discreto de la medicina de primer contacto, y el mejor homenaje posible a la fecha que cada 28 de julio nos recuerda que la hepatitis se puede vencer, pero solo si la buscamos.

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