Cada 13 de julio el mundo habla de TDAH. Para quien atiende consultorio o urgencias, es una oportunidad para no confundir un diagnóstico con una etiqueta de mal comportamiento.
EFEMÉRIDE · 13 DE JULIO
Diego tiene ocho años y esta es la tercera escuela a la que su madre lo lleva en dos años. En las anteriores, la queja fue siempre la misma: “no puede quedarse quieto”, “interrumpe todo el tiempo”, “no termina nada de lo que empieza”. En la sala de espera, mientras su mamá llena por enésima vez un formulario, Diego ya se ha levantado tres veces, ha tocado dos revistas y ha empezado una conversación con el niño de la silla de al lado. Ningún maestro le puso nombre a lo que le pasa a Diego. Solo lo llamaron “problema de conducta”, hasta que alguien, finalmente, pensó en pedir una valoración clínica.
Cada 13 de julio se conmemora el Día Internacional del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), una fecha que en 2026 cae justo la próxima semana y que vale la pena mirar no como un adorno de calendario, sino como una oportunidad de revisar cuánto sabemos —y cuánto seguimos confundiendo— sobre esta condición en los consultorios mexicanos.
Más que “niños inquietos”
El TDAH es un trastorno neuropsiquiátrico crónico del neurodesarrollo, de inicio en la infancia, que se caracteriza por un patrón persistente de inatención, hiperactividad y comportamiento impulsivo que interfiere con el funcionamiento en más de un entorno: la escuela, la casa, las relaciones con otros niños. No es indisciplina, no es falta de límites en casa y no es, como todavía se escucha en algunos pasillos, “cosa de la crianza actual”. Se estima que afecta entre el 3 y el 6% de los niños en edad escolar, lo que en términos prácticos significa aproximadamente un niño por salón de clases.
Dato clave: el TDAH afecta a entre 3% y 6% de los niños en edad escolar —cerca de un caso por aula— y persiste hasta la vida adulta en 60 a 70% de los casos, según cifras retomadas por sociedades médicas para esta efeméride.
Un trastorno que no se queda en el salón de clases
Uno de los mayores errores de percepción, incluso entre personal de salud en formación, es pensar en el TDAH como un diagnóstico exclusivamente pediátrico. La evidencia muestra que continúa en la edad adulta en 60 a 70% de los casos, aunque su expresión cambia: la hiperactividad motora visible en la infancia suele transformarse en inquietud interna, dificultad para organizar tareas, procrastinación crónica o impulsividad en decisiones cotidianas. Es, además, un trastorno históricamente subdiagnosticado en mujeres y en adultos, porque el estereotipo del “niño que no para” ha eclipsado presentaciones más silenciosas, predominantemente inatentas.
El impacto tampoco se limita al rendimiento escolar. Las guías clínicas y la literatura de salud mental documentan consecuencias en el aprendizaje, en las relaciones familiares y de amistad, y en la autopercepción del paciente, que con frecuencia arrastra durante años la idea de ser “el problemático”, “el flojo” o “el que nunca pone atención”. Ese relato interno, sostenido durante la infancia y la adolescencia, tiene un costo emocional que ninguna boleta de calificaciones refleja.
El costo de la etiqueta equivocada —en cualquier dirección
Aquí conviene ser críticos sin caer en el extremo contrario. Existe un riesgo real de sobrediagnóstico cuando la inquietud propia de la infancia, un entorno escolar poco estimulante o un ambiente familiar caótico se etiquetan apresuradamente como TDAH sin una evaluación estructurada. Pero existe el riesgo inverso, igual de dañino: el subdiagnóstico de niños y adultos que cargan con el estigma de “mal comportamiento” durante años, sin acceso a un abordaje terapéutico que sí existe y que sí funciona. Ninguno de los dos extremos beneficia al paciente; ambos son, en el fondo, un fracaso del proceso diagnóstico.
Para el personal médico en formación, la lección práctica es concreta: el TDAH se diagnostica con criterios clínicos estructurados —presencia de síntomas en al menos dos entornos, inicio antes de los 12 años, persistencia de al menos seis meses—, no con una impresión de pasillo ni con la queja aislada de un maestro. Vale la pena revisar los criterios del DSM-5-TR o de la CIE-11 antes de emitir cualquier sospecha diagnóstica, y recordar que la evaluación multidisciplinaria —pediatría, psiquiatría o neurología, psicología y, cuando es posible, el entorno escolar— sigue siendo el estándar más sólido.
Qué hacer con esta fecha
En esta efeméride, distintas instituciones y edificios públicos se iluminan de naranja y se organizan talleres de sensibilización, gestos simbólicos que tienen sentido si se acompañan de algo más duradero: revisar protocolos de detección temprana en el primer nivel de atención, donde suele estar el primer contacto con estos pacientes, y fortalecer la capacitación de médicos generales y residentes en la identificación de señales de alarma que ameritan referencia oportuna.
Diego, al final, sí tenía un nombre para lo que le pasaba. Tras la valoración, inició manejo conductual y seguimiento conjunto con su escuela, y su madre —por primera vez en dos años— dejó de escuchar la palabra “problema” en una junta escolar. Esa es, en el fondo, la promesa que debería sostener cada 13 de julio: no una fecha para etiquetar más, sino una fecha para diagnosticar mejor.




1 comment
dayamit
Importante tema, que creo debe ser tomado muy en cuenta en la escuela, donde generalmente solo se etiqueta al niño como intranquilo o problemático. Situación que puede extenderse hasta la vida adulta.Debe crearse el mecanismo para poder referir adecuadamente a los niños cuando se detectan en nuestras consultas